7/5/14

Mirar o actuar

Es muy fácil quejarse constantemente de la actitud de los demás, de su pasividad cuando sucede algo en plena calle y se dedica a mirar lo que pasa. No pierden el tiempo en sacar sus teléfonos móviles del bolsillo y en grabarlo todo para no perder detalle. ¿Pero cuántos de vosotros actuaría realmente? ¿Cuántos, de todos los que os quejáis, tendríais el valor de interferir? Pensadlo bien antes de decir que vosotros, indudablemente, lo haríais. Vosotros, tan bien como yo, sabéis que a la hora de la verdad es mucho mejor no meterse donde no nos llaman porque "no nos afecta". Pensar eso es un grave error. Ya seamos testigos de una pelea, una agresión, un robo o lo que sea, pensar que no nos afecta en modo alguno y que es mejor abstenerse es un gran error. Puede que hoy le suceda a esa persona y, pensando inocentemente que no es asunto tuyo, observas sin más la escena. Puede que mañana no, pero cualquier otro día tú pueden cambiarse las tornas y estar observando impotentemente cómo nadie te ayuda. No importa cuánto grites, cuántas veces pidas ayuda. Nadie lo hace.

Esa es la triste realidad que sufren día a día muchas personas. En el colegio, por ejemplo, con el famoso bullying (acoso escolar), lo sufren nuestros hijos. Compañeros suyos de escuela, sean o no del mismo grado, riéndose de nuestro hijo por ser raro para ellos. No siempre es por el color de su piel o por su religión. Muchas veces es por sus gustos, por su forma de vestir, de pensar o de dar su opinión. Y, por supuesto, no todo son peleas. Los profesores no siempre pueden ayudar o detener el acoso si no lo ven (a veces, aunque lo vean, no hacen nada). Al fin y al cabo, las heridas físicas terminan desapareciendo con el tiempo, pero no las heridas producidas en la mente. Pueden cambiar totalmente a un niño, y el motivo de que se metan con él tal vez sea porque odie el fútbol, porque no escuche determinado tipo de música o no juegue a lo que está de moda. Otras veces es, simplemente, "porque le ha tocado". El problema aquí reside en que los demás niños no sólo miran, sino que se suman y participan.
No os dejéis engañar, no es que los padres no hayan educado bien a sus hijos. Eso sólo lo dicen aquellos padres de las víctimas de acoso o aquellos que viven engañados por sus hijos, creyendo que son unos santos. Ojo, que tampoco niego que a veces los padres no tengan culpa por no saber educarles.

Muchos se llevarán las manos a la cabeza con lo que he dicho en el primer párrafo, cuando he dicho que nadie ayuda, me tacharán tal vez de ingenua. Sobre todo cuando alguien sufre es víctima de un ataque y hay gente viéndolo, todos piensan "ya ayudará alguien, hay mucha gente presente y no tengo por qué ser yo". Puedo asegurar de primera mano que, quienes afirman que nadie ayuda, no exageran en absoluto. Dejando atrás los años de colegio e instituto, a principios de febrero sufrí una agresión que resultó en varias articulaciones fracturadas en dedos índice y corazón de la mano izquierda junto a dolor de muñeca (motivo por el cual estuve sin actualizar blogs una temporada). Fui afortunada al recibir ayuda tras un largo rato que se me antojó eterno. El resto de personas que estaban viendo la escena no se movieron del sitio. Las heridas físicas, como he comentado antes, terminan desapareciendo. Las que quedan en el interior, en la mente, son más difíciles de borrar.
En aquel momento no tuve miedo, por extraño que parezca. Estaba nerviosa y con una sensación de impotencia abrumadora. Las secuelas físicas tras aquello es una capsulitis de la que tardaré bastante en recuperarme, aunque estos días parece haberse agravado (por hacer el burro, para qué engañarnos). Las interiores tal vez tarden mucho más en desaparecer. Los primeros días fueron pesadillas, las primeras semanas era incapaz de pasear por el barrio sin mirar a cada una de las personas con las que me cruzaba (de vez en cuando sigo haciéndolo) y a día de hoy sigo mirando hacia atrás cuando voy sola por la calle, a lo que sigo sin atreverme demasiado. Aunque creo haberlo superado, tardaré en no mirar a la gente e incluso evitar chocarme con ella o mirar hacia atrás constantemente. Soy consciente de que tardaré en salir sola a la calle sin preocuparme por las personas con las que me cruzo.

Puede parecer que esto sea un post para lloriquear sobre lo que me pasó, que parezca incluso victimista. Nunca me ha hecho gracia que la gente se quede mirando sin más, tal vez porque de pequeña ya había sufrido esa impotencia en alguna que otra ocasión en el patio del colegio o en los pasillos, incluso de vuelta a casa hasta el punto de dejar de asistir a clase. Nunca he aguantado que la gente se meta con otros por lo que sea, que recurran a la violencia como si eso fuera a darles la razón, que intimiden o que aprovechen la debilidad de otros. Sin embargo, hay algo peor que eso y es mirar en lugar de actuar. Me ha costado atreverme a escribir este artículo, pero ingenuamente me gustaría que, el haber explicado el punto de vista de alguien que ha sufrido ambos casos, sirviera para abrir los ojos de alguien y la próxima vez que vea un problema no forme parte de él y actúe. Algún día podría ser él la víctima, su pareja, algún familiar o su propio hijo.

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